Crónica de una sesión de revelado

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Por Mauricio Ángeles

En una puerta de madera vieja,

el letrero que dice “no abrir, por que la oscuridad se escapa”

promete a los principiantes misterio y fascinación.

Es un ritual revelar tu propia película y descubrir las fotografías tomadas. Desde que rebobinas el magazine girando la palanca y escuchas el clik, hasta el momento de colgar con pinzas de madera húmeda la última foto. Es la misma sensación que encuentras al despertar de un sueño vívido, luchando por no olvidar cada imagen. Con la gran diferencia de que en el cuarto oscuro la sigues mirando, totalmente complacido, mientras que en el repentino despertar, con cualquier distracción el sueño se olvida.

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Muchos podrían pensar que es complicado revelar en un cuarto oscuro, pero la química en la fotografía es un proceso realmente simple cuando te enamoras de ello. Es fácil, después de transportar la película desde el metálico magazine a la cuba del tanque hermético y después de que el olor de la humedad llene el cuarto, tienes que seguir tres pasos. Ya sea el de preparar el primer químico a base de aceleradores alcalinos como el carbonato sódico, el hidróxido sódico o el bórax. O simplemente abrir la bolsa amarilla, vertiendo el polvo soluble al agua.

Como sea, el primero es siempre el revelador, por que la película emulsionada con sales o haluros de plata sensible a la luz, es reducida en sus haluros expuestos. Después de verter el líquido revelador dentro de la cuba hermética con el negativo, hay que girarlo con actitud casi religiosa. No muy fuerte o se producirían burbujas, ni muy lento por que las sales se estancarían al fondo y tienen que recorrer la película. No en mucho tiempo y durante el tiempo exacto. Regularmente sigues un reloj, en ese hipnotizarte encuentro del agua girando, casi siempre cuentas segundos o minutos, hasta parar.

Como buen estudiante, nunca hice caso al consejo del maestro Carlos Guido, de hacer revelador nuevo por cada vez. En vez de tirarlo, lo guardo en un gran frasco de color ámbar para futuras veces. Entonces agrego agua corriente, meneando para tirar el agua, tratando de remover los residuos del revelador. Si siguiera los consejos del maestro Guido, tendría que usar ácido acético en una proporción del uno o dos por ciento, el famoso baño de paro. Para detener el proceso de revelado y aumentar la vida útil del siguiente químico fijador. Pero como dije, soy un buen estudiante, por que me acuerdo de los consejos para la forma correcta y experimento lo contrario.

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Tanque de revelado fotográfico.

Entonces vierto el líquido fijador que viene embotellado. Con la misma religiosidad se gira el tanque, unas pocas vueltas cada 30 segundos, emocionantes últimas vueltas antes de poder mirar por primera vez el largo negativo revelado. Al terminar el tiempo, lleno la botella original con el químico usado, abro la cuba y desenrollo el húmedo plástico alargado que coloqué a tientas en un carrete, que en giros de caracol mantuvo durante todo el proceso despegado de sí mismo al negativo. El final me lleva a vivir un nuevo asombro, me emociono con la promesa de cada imagen negativa y las cuelgo para que sequen con ayuda de la evaporación y la gravedad.

Ahora preparo las bandejas de químico para papel, enciendo la ampliadora y busco el sobre del papel fotográfico.

Aquí haré una pausa, los dejaré en suspenso hasta una próxima ocasión. Desafortunadamente tengo que ir a comprar papel en la calle de Donceles en el Centro Histórico antes de que cierren.

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