Habitaciones y recuerdos

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Físicamente habitamos un espacio,
pero, sentimentalmente,
somos habitados por una memoria.
Memoria de un espacio y de un tiempo,
memoria en cuyo interior vivimos,
como una isla entre dos mares…
JOSÉ SARAMAGO

Hace tiempo leí que los pensamientos son como habitaciones: uno puede penetrar en ellos, recorreros y ocuparlos un tiempo, incluso, llegado el momento, es posible abandonarlos y mudarse hacia otros distintos. Pienso en ello ahora que he vuelto a la casa en que crecí. Camino por estas habitaciones de mi infancia y no acabo de reconocerlas; sus ruidos y sombras me evocan imágenes de otro tiempo. Se me ocurre entonces que también los recuerdos son habitaciones, lugares donde encontrarnos con lo que fuimos, donde nuestros pensamientos pretéritos nos hablan desde la distancia.

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En las fotografías de Antía Moure, esta relación entre el espacio habitado y la memoria se vuelve visible. A partir de objetos desgastados y frases que remiten a experiencias pasadas, la artista construye fotografías que podemos penetrar y explorar. Los espacios ruinosos que se nos muestran en ellas son una invitación, casi una confesión que nos revela estados de ánimo, recuerdos y momentos íntimos que nos interpelan.

La mejor manera penetrar en ellos es hacerlo como quien debe completar una historia que no está contada del todo. Entrar a una escena donde algo ha ocurrido y los rastros de este acontecimiento se nos presentan como fragmentos que debemos ir hilando para completar la narración, una que quizá también forma parte de nuestra memoria personal.

En su proyecto “Yo también me acordaré de todos vosotros” esta artista española construye espacios escenográficos en los que se despliega un diálogo entre la palabra, lo fotográfico y la memoria. Para ello coloca como punto central de la imagen frases de seis autores que reflexionaron sobre la vida desde una visión fragmentada: Baudelaire, Borges, Nietzsche, Rimbaud, Sylvia Plath y María Zambrano.

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Estas frases, casi azarosas, sirven como punto de partida para construir seis instalaciones con muebles cubiertos de polvo, a partir de los cuales, la autora recrea espacios cotidianos en decadencia. Dentro de dichos ambientes sombríos, el texto se expande en el espacio como un mapa de experiencias, signos y relatos sobre el tiempo y de la memoria.

Es como si la escritura se desplegara a lo largo de los muros y en cada objeto para establecer una conexión entre la experiencia personal de Moure y el espectador, ocupando ciertos intersticios dejados ahí a manera de claves para guiarlo en su recorrido. Sin embargo, el relato que proponen estas imágenes permanece siempre abierto e insinuante, invitando a ser habitado.

No puedo decir esto sin sorprenderme por la manera en que uno es capaz de habitar una imagen, de un modo similar al que se habita una memoria y un cuerpo. Las imágenes que crea Antía Moure, aunque solitarias, son espacios habitables, lugares donde se conectan varios tiempos, experiencias y lenguajes; sitios que se recrean de manera intermitente.

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