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Heather Benning y su casa de muñecas de tamaño natural

Por Atziri Servin Pichardo.

Pude enseñar el aspecto que tenía la casa
antes de ser abandonada
y el aspecto que tiene 35 años después.

Aceptémoslo, de niñas todas jugamos con muñecas; nos gustaba vestirlas, comprarles accesorios, inventarnos mil historias donde ellas eran las protagonistas, ya sea que con ingenio e imaginación les armáramos su casa o incluso algunas (con suerte) tuvieron su casa especialmente diseñada para ellas. Aún cuando ahora hay muchos prejuicios hacia estas compañeras inseparables de nuestros juegos infantiles, creo que no me equivoco al decir que quienes tuvimos alguna muñeca crecimos teniéndole un cariño muy especial, tanto que nos imaginábamos a su lado en nuestras aventuras. La artista Heather Benning llevó este gusto un paso más allá y lo convirtió en una pieza de arte.

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Benning (Canadá, 1980) ha dedicado la mayor parte de su obra artística a trabajar las ideas del desplazamiento rural y la reclamación del espacio; le gusta explorar los problemas de identidad, herencia y nostalgia que se pueden vivir día a día en el paisaje campestre de su país, y ha incluido estas ideas el proyecto titulado Dollhouse o “casa de muñecas”.

En 2008, mientras conducía por Manitoba (una provincia de la parte central de Canadá a 30 km de Redvers) la encontró, hermosa pero deshabitada, en ruinas; se trataba de una construcción de madera abandonada desde 1968. Ella no dudó en transformarla en su proyecto artístico.

Luego de estar abandonada por más de 30 años, la artista tomó la estructura original y, durante 18 meses limpió, resanó las paredes, las pintó con tonos suaves y decoró sus habitaciones, cocina y salón con muebles propios de la última época en que estuvo habitada. Quitó la pared completa de uno de los lados de la casa y la sustituyó con metacrilato para que fuera posible observar el interior, las divisiones de los cuartos y sus muebles desde fuera. El resultado final fue una casa completamente recuperada, con objetos colocados escrupulosamente, con pocos detalles personales pero sin presencia humana.

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Por más adorable y acogedora que se vea la casa de muñeca de Heather, ésta es inhabitable; no es una casa real, es una enorme pieza de arte. No se puede vivir en ella (aunque sólo de verla a más de una se nos antoja) pues no hay ningún tipo de servicio: luz, agua, drenaje, calefacción para el invierno canadiense; es más, la casa en el interior está cubierta con plexiglás, lo que impide el contacto directo con sus muebles. Esta artista busca devolverle vida a esta casa en ruinas evidenciando la herencia de sus antiguos ocupantes; más que una remembranza a nuestra infancia creativa y su imaginación, el proyecto de Benning es una recreación de una época perdida.

Con la transformación de una casa deshabitada en una casa de muñecas de tamaño real, Benning busca mostrarnos que son los lugares los que moldean nuestras ideas y sentimientos y, al mismo tiempo, nuestras ideas y sentimientos los animan. Más que presentar un juguete de tamaño natural, esta artista nos muestra cómo el abandono y la ruina se transforman con la luz de la fantasía y las ilusiones.

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