Georges Méliès, los primeros relatos cinematográficos

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Por Mario Cruz.

Si el cine, desde sus orígenes, se hubiera creado tal cual lo conocemos hubiera sido una maravilla, pero no fue así; inició, al igual que la fotografía, como una técnica para documentar más que para crear.

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El 28 de diciembre de 1895 (si lo sabe no lo diga y si no se lo comparto) se exhibió el primer film del mundo: el de los hermanos Lumière. Ese día, y en ese lugar específico, se encontraba un personaje peculiar: Georges Méliès: un director de teatro y mago que quedó fascinado con el espectáculo.

Al terminar la función, Méliès se acercó a Lumière padre y le preguntó cuánto costaba el invento, a lo que el cinematógrafo respondió: “No se ilusione, pronto se acabaría esta moda” y nunca se lo vendió. Méliès consiguió el aparato años después, pero las palabras de Lumière eran proféticas: se acabó la moda, no del cinematógrafo sino de los filmes lumierianos.

Entonces, otros que ya conocían el cinematógrafo comenzaron a combinarlo con un viejo arte: el teatro, y en 1896 recrearon La pasión de Cristo. Lo hicieron una y otra vez pero el resultado siempre era el mismo: mediocre.

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Estaba reservado a Georges Méliès llegar a ser el verdadero creador del espectáculo cinematográfico. Nada es original en sus primeros 80 filmes, sin embargo, alrededor del 81 u 82, mientras proyectaba una cinta de las calles parisinas, el aparato se detuvo por un instante y el carruaje que estaba proyectado se transformó en un carro lúgubre. Así, la primera sílaba del lenguaje cinematográfico había sido pronunciada.

Después de un tiempo de reflexión, Méliès lo entendió y se puso a trabajar sobre su material, cortando y haciendo trucos de magia. En muchas cintas previas, Méliès ya había hecho teatro filmado, pero no fue hasta Le Voyage dans la Lune que lo esencial del filme surgió: un guión, una historia que contar y una estrategia narrativa.

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Sin embargo, el cine aún seguía pronunciando sus primeras silabas. Las cintas de Méliès eran un espectáculo, un truco, pero seguían siendo teatro filmado. La cámara era el mejor espectador, pero sus filmes nunca cambian de plano, siempre era el mismo, centrado en la parte donde los actores entran y salen de escena.

Pasaría bastante tiempo antes de que los creadores de cine comenzaran a buscar otros encuadres para contar sus historias. No obstante, las bases estaban sentadas, y como diría D. W. Griffith: “Se lo debemos todo a los Lumière y a Méliès”

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