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La mirada especular

Por Alejandra Delgado.

La que fue devorada por el espejo
entra en un cofre de cenizas
y apacigua a las bestias del olvido.

ALEJANDRA PIZARNIK

De niña solía creer en el poder mágico de los espejos; podía pasar horas frente a uno dejándome llevar por el vértigo de las imágenes replicadas que éste me devolvía. Miraba de arriba abajo mi propio reflejo y contemplaba los detalles de cada objeto mostrado; era una exploración que parecía no tener fin.

No volví a sentir esa fascinación por una imagen hasta que descubrí la fotografía. Al igual que los espejos, las imágenes fotográficas son artefactos ambiguos en los que podemos contemplarnos y, aunque las imágenes que percibimos aparentan realidad, muchas veces esta apariencia oculta un engaño, una ficción.

La obra fotográfica de Francesca Woodman es portadora de esta ambigüedad; sus imágenes se mueven en el espacio de lo simbólico, son metáforas íntimas de la identidad y de la forma en que la autora se vincula con su propia imagen.

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Nacida en Denver, Colorado, el 3 de abril de 1958, Woodman creó una producción fotográfica en la que abundan los retratos femeninos fantasmales, de los que muchas veces ella misma es la protagonista. Las figuras humanas de estas fotografías aparecen desdibujadas, fragmentadas o barridas. La delicadeza de los grises y la disolución de las líneas les dan un toque etéreo.

Sus fotografías se construyen a partir de referentes artísticos del futurismo y el surrealismo que le permitieron crear un universo personal muy bien definido en el que la iluminación, la decadencia representada en las paredes desnudas y los objetos antiguos son parte importante de una atmósfera melancólica y decadente que caracteriza toda su obra.

Lejos del efectismo del desnudo frontal, la sutileza de los cuerpos representados por Woodman muestran una especie de ausencia; están ahí pero al mismo tiempo no están, pues sus figuras se diluyen o mezclan con el entorno; así, estas presencias borrosas se convierten en huellas y borraduras, fragmentos efímeros y ambiguos que se revelan y ocultan simultáneamente.

Entre todas estas imágenes etéreas, algunas de las que más llaman mi atención son aquellas donde la autora se retrata frente al espejo. Estas fotografías plantean una doble representación, un espejo dentro de otro. En ellas el acto fotográfico permite una reflexión múltiple, una especie de eco entre la figura y su reflejo.

La presencia del espejo en ellas es una suerte de umbral en el que otra figura fantasmal se asoma a la escena y la completa o la vuelve más ambigua. En ocasiones, es el espejo el que muestra mayor nitidez y permite mirar el rostro de la protagonista o contemplarla desde otro ángulo, es la aparición desdoblada de ésta como otra, una figura que reafirma y a la vez diluye la corporeidad de quien refleja.

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De este modo, las presencias dentro de la imagen se duplican para autoconstruirse. Miro estas fotografías y de pronto me reflejo en ellas; como en aquellos días de mi infancia me encuentro frente al espejo, perdida en este juego de reflejos que repiten los signos necesarios para que mi propia imagen pueda existir.

Descubro entonces que la fotografía nos permite mirar la realidad y se reconocernos en ella, en las posibilidades visuales que implica. Para darnos cuenta hay que contemplarnos en las imágenes como nos miramos frente al espejo, acercarnos y descubrir qué visión de nosotros nos presenta.

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