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Crónica de un paseo por Cuetzalan

Por Calett Oropeza.

Goteaba sobre mi hombro dese la rejilla del aire acondicionado, la humedad típica de la Sierra Norte de Puebla penetró el autobús para hacerme sentir que había llegado al, sin duda, pueblo mágico de Cuetzalan; denominado así por conservar su cultura, tradición, arquitectura y belleza hasta estos días.

De inmediato me encontré la casa de cultura que alberga un pequeño museo y la exposición permanente de pintura folklórica de Gregorio Méndez quien, además, es el director de este recinto, allí conocí a quien sería mi guía.

Me encamine por las calles empedradas y sus marcadas pendientes hacia la plaza central, donde se encuentra la Parroquia de San Francisco de Asís, la cual siempre está adornada con elementos indígenas. Justo en la explanada se encuentra un tronco de poco más de 20 m de altura donde, cada domingo después de misa, los “voladores” presentan su fastuoso acto.

Al sentir hambre entre a “El Portal”, uno de los principales comedores del pueblo, ubicado junto al Palacio Municipal, me sirvieron unos deliciosos tlayoyos con cecina, hongos y frijoles refritos, platillo típico de la región acompañado de una fresca agua de horchata que hasta sabe distinta sólo al beberla frente al quiosco donde las parejitas se besan.

Llegado el medio día, monté a caballo para dirigirme a la cascada Las Brisas y Corazón del Bosque que son sólo dos de las varias cascadas que presume el pueblo como sus lugares más bellos. Las caídas de agua asemejan un velo de novia, incluso hay algunas donde se puede nadar, pues el agua es muy clara y calmada, aunque muy fría.

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Llegamos después a una gruta, una caverna natural que se extiende a lo largo y profundo de la tierra; estalactitas y estalagmitas formadas gota a gota a lo largo de las décadas y siglos. Un viaje aventurado y revelador pero seguro, pues hay profesionales que te llevan en la aventura.

En una pequeña región cercana a Cuetzalan, llamada Jonotla, se llega a uno de los múltiples cerros, el cual tiene la particularidad de poseer un mirador en su cima, conectado por un puente colgante a la escalera que nos eleva a más de 1000 metros de altura sobre el nivel del mar, y desde allá se observa la majestuosidad de los alrededores.

De vuelta a Cuetzalan, la noche había llegado junto conmigo y las cafeterías me invitaban a entrar acariciando mi nariz con su aroma. Disfruté entonces de unas enchiladas cuetzaltecas acompañadas de un dulce “torito de piñón”, una bebida a base de licor y leche. Después, mientras caminaba por el pueblo iluminado con sus faros, la noche convirtió el lugar en un sitio magnífico para recorrer.

Al amanecer me encontré en lo profundo de la selva húmeda tropical, hospedado en “La Reserva Azul”, finca cafetalera que me recibió con su delicioso café orgánico, el cual se produce allí mismo, y recorrí gustoso su ruta del café, en la que me mostraron el proceso que recibe el café desde la selva hasta llegar a la taza.

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Con la energía de un nuevo día, y de la cafeína, nos encaminamos al sendero azul, a través de una zona de conservación donde, guiado por un biólogo, conocí que la zona es también tierra de orquídeas, helechos arborescentes, plantas exóticas, aves, mariposas y la naturaleza en plenitud.

Cuando regresé al zocalito, el color y el atractivo cultural se hicieron presentes con el tianguis dominical, donde la tradición, el misticismo, el arte y la gastronomía se fusionan para despertar nuestro interés por lo pueblerino. En este tianguis aún es posible negociar con el trueque y los dulces típicos no deben dejar de probarse.

Caía la tarde y debí abordar el autobús de regreso, pero en agosto volveré y quien quiera acompañarme está invitado a disfrutar de este colorido pueblo. En el Taller de Fotografía creativa estamos encantados y convencidos de la belleza de Cuetzalan, así que: ¡amigos fotocreativos, aparten su lugar!

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