Yves Klein, el salto que unió la fotografía y el performance

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Por Atziri Servin Pichardo

El cuadro no es más que el testigo,
la placa sensible que ha visto lo qué pasó…

Entre las décadas de 1940 y 1950, el arte vio nacer una alternativa de expresión libre de convencionalismo estéticos y espaciales: el arte performativo que, por medio de la intervención escénica, convirtió el cuerpo del artista en una unidad autónoma. Casi a la par, en 1957, Rusia lanzó al espacio el primer satélite puesto en órbita: el Sputnik. Dicho acontecimiento histórico creó la sensación de que todo era posible, que el hombre podía hacer lo que su imaginación se propusiera, pero ¿cómo estos momentos de la historia se relacionan con la fotografía? Más de lo que a simple vista se pueden imaginar ya que un artista, con una sola imagen fotográfica, logró hacer que nuestra mente viajara del espacio a la tierra.

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Este artista fue Yves Klein (Francia 1928-1962). Al ser hijo de padres dedicados al arte (ambos pintores) quiso romper con esta tradición y comenzó a vincularse con la filosofía y a practicar Judo, por tal motivo, estudió durante 15 meses en un Instituto de Tokio influido por la filosofía Zen que apoyaba la unión entre el cuerpo y la mente en armonía con la existencia. Esta parte de su formación, junto con la cultura artística, marcó su posterior obra pictórica y, en especial, la fotografía que se convertiría en una de sus piezas más emblemáticas.

En 1960, Klein fue invitado por Jaques Polieri a participar en una acción en la Porte des Vessailles, dentro del tercer festival parisino de arte vanguardista en la Palais des Expósitions. Entonces Klein publicó un periódico que trataba el tema “Teatro del vacío”. En él se presentaban ideas espontáneas para el teatro, simulando ser información periodística de actualidad; con este pretexto, nuestro artista presentó en la portada su retrato más famoso el “Salto al vacío”, un fotomontaje considerado una de las primeras manifestaciones performativas retratadas.

Fotografiado por Harry Shunk en la calle Rue Gentil-Bernard en Fontenay-aux-Roses, a las afuera de Paris, Yves Klein aparece en un fotomontaje suspendido en el aire tras haber saltado por una ventana, como un acto que desafía todas las leyes de la gravedad. Inspirado por el lanzamiento (un año antes) del Sputnik, Klein representa un hombre volando en el espacio. Esta imagen activaba la memoria natural del anhelo más antiguo del hombre: volar y al mismo tiempo representaba una apertura al porvenir, al futuro.

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Por otro lado, la imagen también nos coloca en un punto sin retorno, en el que no sabemos qué sucede al final, si en realidad rompe las leyes de la física o si su cuerpo chocará contra el suelo. Aunque la lógica y la física nos sugieran qué va a suceder, en el arte y la imaginación, cualquier cosa es posible.

En sus obras Klein muestra un interés por la atemporalidad y por la nada; conceptos que compara con el cuerpo y su interacción con el vacío. Además le interesa explorar los instantes efímeros convertidos en algo eterno. Para él, el arte no era el resultado material sino el proceso previo que realizaba el artista, de esta forma la obra de arte dentro de su proceso era un fragmento suspendido en el tiempo (como él mismo en su fotomontaje).

En 1956, Yves Klein, con ayuda de un químico farmacéutico, desarrolla un azul ultramar intenso y brillante, con el cual busca experimentar la sensación de un color totalmente abarcante, que todo lo impregna, este color provocaba la sensación espacial en el espectador entre la distancia y la proximidad, al momento de montar cuadros llenos de este color, Klein jugaba también con la distancia, colocándolos a 20 cm de la pared, con lo que daba la sensación de estar más ceca. A este color Yves Klein lo nombro IKB (International Klein Blue).

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INTERNARTE:

He tomado conciencia de aquello que llamo la sensibilidad pictórica. Esta sensibilidad pictórica va más allá de nosotros y pertenece todavía a nuestra esfera. Nosotros no detentamos ningún derecho de posesión sobre la vida misma. Solamente mediante nuestra toma de posesión de la sensibilidad podemos adquirir la vida. La sensibilidad que nos permite perseguir la vida al nivel de sus manifestaciones materiales de base, en los cambios y el trueque que son el universo del espacio, dela totalidad inmensa de la naturaleza. La imaginación es el vehículo de la sensibilidad. Transportados por la imaginación tocamos la vida, esa misma vida que es el arte absoluto en sí mismo.

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