Selfies y autorretratos

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Algunas imágenes son como espejos. Nos miramos en ellas como quien inspecciona su figura revelada en una superficie reflejante. Muchas nos muestran con detalle las formas y contornos de nuestra propia efigie, mientras que otras, las más extrañas, revelan otra cosa: un estado interior, una búsqueda, quizá un misterio.

Un ejemplo claro son los autorretratos. Esas representaciones, a veces consideradas narcisistas, reflejan simbólicamente nuestras características físicas y emocionales. Rasgos y huellas pero también mentiras, delirios y autoficciones que nos permiten construir la propia identidad o indagar sobre ella.

Pero además de ser un medio de autoanálisis y autorrepresentación, los autorretratatos son espejos en los que se refleja una época. En nuestro siglo actual, el auge de la fotografía digital y las redes sociales han propiciado un aumento desmedido en la producción y tráfico de imágenes.

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Ahora gran parte de la población mundial es, en mayor o menor medida, productora de imágenes. Hacemos fotografías constantemente, tanto de nuestro entorno como de nosotros mismos, y a partir de ellas ensayamos distintas narraciones de nuestra intimidad para mostrar al mundo.

Gracias a internet y a las redes sociales, cualquier tiene la posibilidad de generar y compartir contenido personal con una audiencia que puede llegar a ser de millones. Crear y difundir este tipo de información se ha convertido en una forma de autoexpresión para millones de individuos. De este modo, los límites entre lo público y lo privado de las imágenes se han expandido de una manera inusitada.

Llevado al extremo, este impulso de autoexpresión ha generado el conocido fenómeno de las selfies, imágenes de los usuarios producidas por ellos mismos. Herederas de los autorretratos elaborados durante siglos por los artistas y creadores, estas imágenes muestran una visión de cómo el autor se ve a sí mismo.

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Sin embargo, las selfies no se limitan al ámbito de la autorrepresentación y autoreflexión; sus creadores las construyen buscando la interacción de una comunidad cuya aprobación les permita reafirmar su propia imagen. Nos hacemos selfies para construir una autoimagen que interactúe con la mirada de los demás.

Así, estas fotografías se han convertido en una suerte de espejos públicos en los cuales el individuo se mira a sí mismo, al tiempo que comparte su imagen con otros. Como ocurre con ciertos cristales reflejantes, su grupo de contactos puede mirarlo contemplándose a sí mismo y reaccionar ante esa mirada mediante likes o comentarios.

El fenómeno ha llegado a tener tal popularidad que el diccionario Oxford incluyó el término selfie en su última edición y la seleccionó como palabra del año 2013, lo cual muchos han considerado un reflejo del narcisismo de nuestra cultura.

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Narcicistas o no, estos espejos son múltiples y reflejan las nuevas formas en que interactuamos a través de la imagen. Cada una de las selfies compartidas muestra cómo se ve el sujeto a sí mismo, cómo quiere que lo vean y cómo quisiera verse. Todos estos reflejos están ahí pero sólo se hacen visibles en la interacción con otros usuarios.

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