Stanley Kubrik, la odisea de la fotografía.

Cuando escuchamos el nombre del famoso director de cine Stanley Kubrick (E.U 1928 – R.U 1999) lo primero que nos llega a la mente son sus ya clásicas películas; pero antes de “2001: A space Odisey, A clockwork orange, The shinning, entre otras, Kubrick experimentó con la fotografía, produciendo un trabajo admirable.






Su acercamiento a la fotografía comenzó en la década de 1940, a la edad de 13 años, cuando su papá le regaló una cámara Leica III por su cumpleaños; con ella salía a capturar imágenes por las calles de Nueva York, siendo su única compañera de andanzas.

Logró trabajar como reportero gráfico para la desaparecida revista The Look durante un periodo de cinco años (1945-1950) en el que documentó la época de la posguerra en la vida cotidiana de la gente en E.U, fue contratado gracias a una fotografía en la que aparece un vendedor de periódicos destrozado por la muerte del presidente Franklin D. Roosevelt, esta imagen fue comprada por 25 dólares. Debido a su corta edad, 17 años, es considerado el fotógrafo profesional más joven en haber laborado para dicha publicación.



Un director con una cámara fotográfica

es tan libre como un autor con una pluma.






Aun cuando sólo se dedicó durante cinco años de manera exclusiva a la fotografía logró producir la extraordinaria cantidad de 32,000 negativos. Este periodo de tiempo fue importante para su formación artística, en la que desarrolló su estilo como futuro cineasta, y logró adquirir una narrativa y composición únicas y llenas de elegancia.



Kubrick fue capaz de captar y conjugar la esencia de las escenas que nos presenta en blanco y negro, la música de jazz, el box, el circo, las calles de norteamericanas y el ambiente que nos presenta en cada toma logra que nos adentremos a la vida de aquella época.

Es interesante ver el tipo de imágenes que Stanley Kubrick nos presenta a lo largo de su corta pero fructífera carrera fotográfica, probablemente sin ella su obra cinematográfica no habría sido lo que es.


Por Atziri Servin Pichardo.

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