La asombrosa vida de George Eastman

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George Eastman nació en Waterville, Estado de Nueva york, el 12 de julio de 1854. Fueron sus padres María Kilbourn y George Washington Eastman, descendiente de Roger Eastman quien había emigrado de Inglaterra en el “Confidence” en 1638 estableciéndose en Salisbury, en la Colonia de la Bahía de Massachusetts.

George dejó la escuela a los trece años para buscar empleo. Comenzó a trabajar como mensajero en una compañía de seguros con un sueldo de tres dólares a la semana; pronto logró aumentar sus entradas a cinco dólares cuando, por su propia iniciativa, pasó a otra firma similar como auxiliar de oficina. Con determinación inquebrantable se dedicó a estudiar contabilidad en su casa por las noches y así logró ascender a oficinista en el “Rochester Savings Bank” a la edad de 20 años. Calculó entonces que con el flamante sueldo de 800 dólares al año que había alcanzado, podía ahorrar 3000 dólares en los 7 años siguientes. Así fue.

Cuando tenía 24 años. Eastman se dijo: “Necesito un descanso, por ejemplo: un viaje a Santo Domingo…” Comunicó la idea a un amigo suyo, ingeniero establecido en el sótano del mismo banco donde él trabajaba. Quien animándolo le insinuó: “¿Por qué no tomas algunas fotos de tu viaje?…” Aquella sugestión casual fue la chispa que encendió el interés de Eastman por la fotografía a lo largo de toda su vida. No llegó a realizar ese viaje, pero en cambio se compró todo el enorme equipo que entonces era necesario para hacer fotografías. Era aquella la época de la placa húmeda. Las cámaras resultaban casi tan grandes como maquinas de escribir y tenían que ser colocadas sobre enormes y pesados trípodes. Como cuarto oscuro se usaba una tienda de campaña, dentro de la cual se operaba extendiendo la emulsión sobre un vidrio inmediatamente antes de exponer la placa, la cual se revelaba en seguida. También era necesario tener a mano los productos químicos, las cubetas de vidrio, un pesado portaplacas, un tanque de agua… “En suma la carga de una acémila”, como le decía el propio Eastman.

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George Eastman.

En esos días, a fines de 1870, la fotografía era una cosa complicada y por eso no resultaba extraño que fuesen pocos los dedicados a ella. Consciente de esa complicación, Eastman comenzó a realizar experimentos por la noche en la cocina de su casa. Al poco tiempo, con una fórmula que había encontrado en el “British Journal of Photography”, consiguió hacer una emulsión que se podía extender sobre vidrio y exponer con éxito en estado seco sin más preparativos. Sin embargo, Eastman modificó la fórmula, doblando la cantidad de plata emulsionada con gelatina y aumentando la mitad de otro ingrediente. Hasta donde se sabe, él fue la primera persona en los Estados Unidos que hiso placas secas con gelatina.

Por fin se podrían tomar fotografías eliminando las dificultades de la placa húmeda.

Para fabricar las nuevas placas secas, Eastman inventó una máquina de recubrir que patentó en Inglaterra el 22 de julio de 1879. Al año siguiente, en abril, alquiló el tercer piso de un edificio en el centro de Rochester, tres años después ya tenía su propia empresa fotográfica. Húmedas o secas,

las placas de vidrio seguían siendo muy pesadas. Esto le preocupaba. “Si se pudiera en alguna forma eliminar el vidrio… descubrir un material transparente, como éste, pero m*s flexible para enrollarlo…” A fines de 1883 empezó a usar la palabra “película” como el resultado de la prolongada búsqueda del compuesto que estaba destinado, con otras innovaciones, a marcar los comienzos de la fotografía moderna.

En 1886 buscó la colaboración de un químico investigador. Este es uno de los primeros casos, en la historia de la industria norteamericana, en que un científico se haya dedicado exclusivamente a la experimentación. Pero ya el propio Eastman en afán de utilizar un material flexible, había ensayado varias composiciones de nitocelulosa; al final tuvo que contentarse con el papel como soporte para emulsión fotosensitiva.

En junio de 1888 lanzó al mercado “Kodak” Número 1, una pequeña cámara de cajón que admitía suficiente película papel como para tomar 100 fotografías. Su precio: 25 dólares. Al terminar el rollo, la cámara se enviaba a Rochester, donde se obtenían las imágenes finales y se devolvían junto con la cámara nuevamente cargada de película nueva.

“Kodak” era una palabra que él mismo había inventado. Quería una marca comercial que fuese corta, sencilla, interesante y que se pudiese pronunciar en todos los idiomas. Eastman se entretenía haciendo anagramas. Una noche tratando de sacar uno que comenzara con la letra “K” le vino a la mente el nombre “Kodak”. Al poco tiempo, el símbolo de la revolución en fotografía estaba circulando por el mundo.

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La cámara Kodak.

Eastman expresó la transformación ocurrida en los procedimientos fotográficos con el primer famoso lema de publicidad ideado por él mismo por él mismo: “Usted oprima el botón, nosotros hacemos el resto”. Con esa frase fue presentado en agosto de 1889, el primer rollo comercial con soporte de película de nitrocelulosa.

La feliz combinación de ese material fotosensible de base tranparente con una maquina inventada por Thomas A. Edison hizo posible el milagro del cine. Luego vinieron otros inventos empezando con un dispositivo que hacía posible cargar la cámara a plena luz del día. Y después la cámara plegable de bolsillo, la “Vest Pocket”. En 1900 se ofreció la primera “Brownie” al precio de un dólar, hasta los niños podían tomar “retratos”. La fotografía había logrado al fin popularizarse.

Es así como este amateur de Rochester con su genio inventivo, simplificó la fotografía que él encontró como un arte difícil y especializado, de modo que cualquiera pudiera tomar fotografías con una cámara sostenida en la mano y simplemente apretando un botón. A todos nosotros nos convirtió en fotógrafos. Es más, ensanchó enormemente el alcance de la fotografía al grado de rivalizar con la invención del tipo movible de Gutemberg, como el medio más fácil de comunicación para la enseñanza y difusión de conocimientos.

Convirtió la fotografía en un hábil sirviente de la medicina, la ciencia y la industria, la educación y también del arte y el entretenimiento.

George Eastman vivía por su filosofía: “Lo que hacemos durante nuestras horas de trabajo determina lo que tenemos; lo que hacemos durante nuestras horas de asueto, determina lo que somos”. Era un inclemente competidor, duro y práctico en los negocios; era gentil y bondadoso en su hogar o en la práctica de las diversiones al aire libre.

Entre muchos rasgos notables, hay uno que destaca especialmente: su preocupación por el hombre, por la humanidad. Consideraba por ejemplo, que el triunfo y los beneficios de su empresa eran patrimonio común. En 1919 Eastman cedió a sus empleados un tercio de sus acciones en la empresa cuyo valor ascendía a diez millones de dólares. Y todavía más: estableció una pensión para jubilados, seguros de vida y un plan de ayuda por enfermedad. En todo esto, Eastman se adelantó a los beneficios sociales que luego existirían en la vida industrial de los Estados Unidos.

Al poner la pluma en el tintero después de firmar en 1924 la cesión del resto de su fortuna, se dirigió a los presentes y exclamó; “Señores, ahora me siento mejor”.

El 14 de marzo de 1932, en Rochester, George Eastman puso a su fin su asombrosa vida con un tiro, tras escribir una nota que decía: “A mis amigos: Mi obra está cumplida… ¿para qué esperar?

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