Diane Arbus, retratando la fealdad

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Por Atziri Servin Pichardo.

Una fotografía es un secreto sobre un secreto,
cuanto más te cuenta menos sabes.

Vivimos en una sociedad en la que, en ocasiones, ser bello lo es todo. Existen cremas para disimular la edad, ropa para estilizar la figura, maquillaje casi mágico que refleja la luz eliminando imperfecciones, programas de ediciones que ayudan a mejorar (o modificar) nuestra imagen haciéndola casi perfecta. Mujeres y hombres estamos tan preocupados por proyectar nuestra mejor cara que hay a quienes se les ha ido la vida en ello, pero ¿por qué nos afecta tanto ser incómodos a la vista (por no decir “feos”)?

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Esta preocupación por la belleza es un asunto que se ve reflejada de forma evidente en la fotografía, la cual casi siempre busca capturar el “mejor perfil”. Sin embargo, como en todo, siempre hay excepciones; una de las más reconocidas es Diane Arbus (E.U, 1923-1971) fotógrafa que dedicó su trabajo a retratar a la gente socialmente considerada “fea”.

No podemos asegurar qué motivo la decisión de Diane de fotografiar gente diferente; quizá el haber crecido en Nueva York dentro de una familia muy acomodada que vendía pieles en plena depresión económica o el haber trabajado junto a su esposo Allan Arbus, de quien tomó su apellido al casarse a los 18 años (antes su nombre era Diane Nemerov) y quien le enseñó el arte de la fotografía y el exhibicionismo, o tal vez fue su relación con Lissette Model con quien estudió fotografía y la motivo a tener mayor seguridad para trabajar su estilo personal como fotógrafa independiente.

Quizá fue su personalidad depresiva, el sentirse incómoda entre el lujo y la sobreprotección de su familia, el tener que cumplir con su rol de madre de dos hijas, esposa, ama de casa y ayudante de su esposo, o el haber visto la película Freaks; probablemente fue la mezcla de todas estas emociones lo que la hacía sentir incómoda entre la gente “normal”, este sentimiento de rareza fue lo que motivo el posterior trabajo y estilo de Arbus.

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Como consecuencia de sus constantes depresiones y altibajos emocionales, el matrimonio de Diane terminó y ella optó por dejar a sus dos hijos al cuidado de Allan. El profundo dolor que le causó esta decisión sólo se calmaba cuando salía en compañía de su Rolleiflex por el bajo mundo de Nueva York, donde se dedicaba a buscar personas excluidas y rechazadas. Entre sus personajes favoritos se encontraban personas con alguna deformidad, prostitutas, enanos, discapacitados, trasvestidos, drogadictos, enfermos, gigantes, adolescentes inadaptados, fenómenos de circo. También gustaba de pasear por manicomios y campos nudistas.

Pero Arbus no se limitó a eso; retrató por igual a marginados que a personas pertenecientes a la alta sociedad, pues para ella no había diferencia entre los feos, locos, excluidos y la gente bonita, cuerda y aceptada; desde su perspectiva todos pertenecían a la misma sociedad absurda. Sus fotografías además hacían visible a la gente que, bajo las normas de la sociedad burguesa, permanecía oculta y sin voz.

Arbus tenía un método especial para tomar sus fotografías; primero solía acercarse a las personas que llamaran su atención, luego entablaba largas pláticas con ellos y les explicaba su pasión por la fotografía y, al final, los convencía de dejarse fotografiar. Sus fotografías siempre fueron en escala de grises, en formato cuadrado y con una extraordinaria nitidez. Conseguía que sus modelos la miraran de forma directa y solía iluminarlos de manera directa con el flash de su cámara, Arbus fue una de las pioneras en utilizar el flash diurno o flash de relleno para enfatizar los defectos de sus modelos.

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A pesar de su talento y de que su trabajo era reconocido y apreciado, éste siempre fue mal pagado y no logró publicarlo nunca. Su estilo de vida comenzó a decaer, pasaba semanas con la misma ropa y participaba en orgías. A pesar de toda su fama y reputación, Diane Arbus nunca consiguió estabilidad emocional, pues no logró superar sus constantes depresiones; fue así que el 27 de julio de 1971, a la edad de 48 años, decidió quitarse la vida: se cortó las venas y para asegurarse tomó pastillas para dormir.

Diane Arbus, la fotógrafa que buscaba retratar la belleza interior de los extraños y desplazados (tan parecidos a ella) fue una mujer que siempre buscó sentirse viva por medio de su obra, a la que les dedico toda su vida. Sus fotografías nunca dejaran de perturbarnos, y justo esto es lo que la mantiene como una artista actual, pues nos muestra aquello que nos negamos a ver, que la fealdad, rareza y marginación son una cosa normal, común a todos.

INTERNARTE:
– “Si sólo me motivara la curiosidad, costaría decirle a alguien: ‘Quiero ir a su casa para que me hable y me cuente la historia de su vida’. La gente diría: ‘Está chiflada’. Más aún, se pondría en guardia. Pero la cámara es una especie de licencia. Mucha gente quiere que se le preste tanta atención, y además es una clase de atención razonable” Diane Arbus

– Para D-Muerta por su propia mano
(Poema escrito por Howard Nemerow, su hermano)

Mi querida, me pregunto si antes del fin
pensaste en aquel juego de niños
al que seguramente jugaste, en el que
corres por encima del estrecho muro de un jardín
imaginando que es la cima de una montaña
con insondables precipicios a ambos lados
y cuando sentiste que perdías el equilibrio
saltaste, porque temías caer, y pensaste
sólo por un instante: Es ahora cuando muero.
Eso fue hace una vida. Ahora ya no estás,
te negaste a seguir jugando el juego de los adultos
en el que, manteniendo el equilibrio en la cima que corona la oscuridad
se sigue corriendo sin mirar abajo
y nunca se salta por temor a caer.

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