El maestro de los ojos, el poeta de la lente

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Por Atziri Servin Pichardo.

El principal instrumento de un fotógrafo son sus ojos. Por extraño que parezca, muchos fotógrafos eligen usar los ojos de otro fotógrafo, sea del pasado o del presente, en vez de los suyos. Estos fotógrafos están ciegos.

Cuando pensamos o escuchamos hablar del surrealismo, esta corriente artística que comienza en 1924 y que buscaba plasmar las imágenes del subconsciente y el mundo de los sueños, de inmediato nos viene la idea de la pintura y el cine, sobre todo en Europa. Pero hubo en México un artista considerado uno de los más grandes fotógrafos surrealistas: Manuel Álvarez Bravo (México, 1902-2002).

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Álvarez Bravo comienza a tomar fotografías en la época posrevolucionaria. Su obra muestra la transformación del país luego de 1910; el abandono de la vida rural y sus tradiciones para dar paso a la urbanización, la influencia internacional y la adopción de sus costumbres. Esta nueva cultura provocó una búsqueda de la identidad nacional y el cuestionamiento del gusto por lo extranjero.

Influido por su relación con los fotógrafos Edward Weston y Tina Modotti, Álvarez Bravo fue el primer fotógrafo mexicano en buscar fotografiar algo más que bellos paisajes, dignos de un cuadro. Para él, ser artista también implicaba relacionarse con lo extraño que, en la mayoría de los casos, podía encontrar incluso en objetos de la calle.

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Manuel Álvarez lleva a sus espectadores más allá de lo que miran a primera vista en sus imágenes. Sus fotografías dan la sensación de no saber dónde empieza y termina lo real o lo imaginario. Poseía un gran dominio para mostrar aquello que nos es familiar y convertirlo en algo completamente inesperado, este juego invita al espectador a mirar con diferentes ojos lo cotidiano para resignificarlo.

Al ser consciente de la amplia variedad de culturas en México y de la manera en que éstas se habían convertido en un estereotipo, representaba esta diversidad usando la ironía visual, para mostrarse en contra del cliché e invitar a mirar de una manera diferente.

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Llegó a su punto más alto entre la década de los veinte y cincuenta, periodo en el cual su obra alcanzó reconocimiento internacional. Su talento innato fue tal que, incluso el fundador del surrealismo, André Breton, quedó maravillado con su obra: “mediante recursos tales como la yuxtaposición, el aislamiento de detalles y el ordenamiento con rigor geométrico Manuel sabe expresar la esencia de México, pero la mirada humanista que refleja su obra, las referencias estéticas, literarias y musicales que contiene, lo confieren también una dimensión universal”.

En 1938, Breton busca a Álvarez Bravo para realizar la imagen de portada del catálogo de una exposición surrealista en París. A pesar de que su fotografía no pudo ser publicada en dicho catálogo, porque contenía un desnudo, el fotógrafo mexicano entregó “La buena fama durmiendo”, una de sus imágenes más emblemáticas y con mayor reconocimiento. Luego de diversas exposiciones que no tuvieron mucha visibilidad (Pasadena Art Museum, California 1971; Museum of Modern Art de Nueva York, Corcoran Gallery of Art en Washington D.C. 1978; Museum of Photographic Arts, San Diego 1990) Álvarez Bravo logró llevar a la cúspide su reconocimiento internacional con una segunda exposición en el MOMA de Nueva York en 1997 donde mostró 175 de sus fotografías.

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Hablando de técnica, Álvarez Bravo tenía un perfecto dominio de los encuadres, de las luces y sombras. Evitaba contrastes excesivos y logró hacer que los objetos, personajes, letreros y sus ocurrencias tuvieran el mismo peso y la misma iluminación. Él fue capaz de mostrarnos la belleza de un colchón, de un tendedero, de una mujer desnuda y de un niño haciendo sus necesidades, logrando con esto la vigencia de su imagen, que bien pudo haber sido tomada hace ochenta años o ayer. Sus fotografías podrían parecer simples, pero de fondo contienen una composición muy trabajada y una ironía muy fina. En pocas palabras, Manuel Álvarez Bravo tenía el talento de ver y hacernos ver cosas únicas en los objetos y situaciones más cotidianas.

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INTERNARTE:
– “El poeta de la lente” y el “Maestro de los ojos” fueron los apelativos que André Breton y Sergey Eisenstein, respectivamente, le dieron a Manuel Álvarez Bravo

– ”No los compares, Manuel es el verdadero“. Cartier-Bresson cuando notaron semejanzas entre sus imágenes con las de Álvarez Bravo.

– “Si yo fuera arquitecto haría que una viga fuera una viga, aunque tuviera la oportunidad de disfrazarla Nunca me gustó hacer la foto con procedimientos raros para disfrazar la realidad”.


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